26 autobús

Los autobuses en Hong Kong son kamikazes. Los conductores son atrevidos –y no los culpo, es casi necesidad en esta ciudad–. Pararlos es cuestión de abanicar con el brazo profusamente. Sentarse antes de que arranquen es imposible. Igual no es muy inteligente por mi parte entrar en ellos siempre cargada –mochila, móvil, monedero, libro y, últimamente, paraguas también, gracias a los tifones–. Hace unas semanas, mientras leía Por quien doblan las campanas, resistiendo estoicamente los zarandeos en el segundo piso del 26, noté como un pasajero que se había sentado en la fila paralela me miraba de reojo. Estaba como inquieto, se movía hacia delante y atrás, y no dejaba de mirar en mi dirección. Por alguna razón decidí quitarme los cascos y esto dio pie a una conversación fugaz que me alegró el día:

– ¿Has leído ya El viejo y el mar? – me pregunta sonriendo mientras rasca una mancha de pintura roja de su pantalón.
– No, todavía no.
– Ah… Hemingway. Me encanta. Disfruté mucho El viejo y el mar, pero lo leí hace bastantes años. Ahora estoy leyendo a un escritor Australiano… muy bueno.
– Esto fue una recomendación de una buena amiga… – le digo sonriendo.
– Ah, ya veo… ¿Es difícil, verdad?
– ¿Qué es difícil?
– Ya sabes, encontrar el equilibrio entre qué contar y cómo contarlo, ¿no? Yo soy escritor también y…
– Sí, es difícil, sí.
– ¿De dónde eres?
– ¡De España!
– Oh, ¡España! Allí estuve yo hace muchos años… Quizá hace 25 años… Bueno, ¡adiós!

Se fue como una exhalación –pero tambaleándose, por supuesto– y me dejó en el asiento frontal del autobús mirando al libro que tenía entre las manos.

“And he slept that night like a baby and I woke him in the morning at daylight but I could not sleep that night and I got up and sat in a chair and looked out of the window and I could see the square in the moonlight where the lines had been and across the square the trees shining in the moonlight, and the darkness of their shadows, and the benches bright too in the moonlight, and the scattered bottles shining, and beyond the edge of the cliff where they had all been thrown. And there was no sound but the splashing of the water in the fountain and I sat there and I thought we have begun badly.

“The window was open and up the square from the Fonda I could hear a woman crying. I went out on the balcony standing there in my bare feet on the iron and the moon shone on the faces of all the buildings of the square and the crying was coming from the balcony of the house of Don Guillermo. It was his wife and she was on the balcony kneeling and crying.

“Then I went back inside the room and I sat there and I did not wish to think for that was the worst day of my life until one other day.”

“What was the other?” Maria asked.
“Three days later when the fascists took the town.”
“Do not tell me about it,” said Maria. “I do not want to hear it. This is enough. This was too much.”

Hemingway

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