Una mañana en Yuen Long

Ahora que Hong Kong se me está haciendo dulce, el sentimiento de nostalgia se esconde la mayoría de los días y aparece en forma de rayo, golpe, reflejo, recuerdo inesperado, olor familiar o comparaciones involuntarias. Y en los lugares más insospechados:

R. es medio de aquí y de otra parte. Como M. vino a visitar la ciudad vertical durante diez días, decidimos aprovechar el domingo –que viene a ser el único día libre aquí, donde todo es trabajar y se duerme (poco)– para visitar los pueblos de los que es originaria la familia de R. Nos subimos al metro en la Isla y atravesamos, literalmente, todo Hong Kong: salimos del sur y nos acercamos al borde de China. Desde el vagón amplio del metro, convertido a esas alturas en Cercanías,  podíamos distinguir entre la bruma de la contaminación los rascacielos de Shenzhen. “That’s China, guys!” nos decía R. sonriendo y apuntando con el dedo hacia el horizonte. Separando China de los raíles del tren, campos verdes sembrados, chabolas sobreviviendo al paso del tiempo, restos rurales de un pasado humilde… Otro Hong Kong a 45 minutos de viaje desde los rascacielos y el lujo de Central. 50 años atrás en el tiempo.

El origen del Yuen Long se erige casi intacto entre nuevas vías del MTR, concurridas autopistas sostenidas en el aire, pasarelas interminables para peatones y rascacielos, contagio del desarrollo incontrolado del sur de la ciudad. Entramos en el pueblo atravesando un espacio cultural para el barrio y allí empezaron los “golpes” de mis orígenes: “esto es como el teleclub de mi pueblo”, pensé: un grupo de seis ancianos encogidos y diminutos descansaban en sillas de plástico en medio de aquel salón. Un hombre viejo –viejo de verdad, porque en esta parte del mundo la gente extremadamente mayor sigue teniendo vida fuera de sus casas– estaba sentado cerca de un altar colorido con algunas frutas a modo de ofrenda. Miraba hacia fuera, al horizonte construido detrás de la nueva autopista. Podía fácilmente ser cualquier vecino de Cotillo sentado en la acera de su casa viendo a los turistas pasar. Entre el teleclub y el pueblo, un descampado había sido asfaltado y reconvertido en parking. R. nos contó entonces que la generación de su abuelo dormía en aquél terreno cuando no existía aire acondicionado y pasar la noche en las casas era imposible. En mi mente se solapaban las dos imágenes. Supongo que el señor podría haber estado pensando lo mismo.

Cuatro señoras jugaban con una extraña baraja, pero las cartas eran finas, la mitad del tamaño de las nuestras. Cuando acabó una de las rondas, advirtieron la presencia de tres extraños –jóvenes, hablando otro idioma y al menos dos de ellos, blancos–. La que estaba de espaldas se giró y me clavó una mirada directa, curiosa. Atravesamos el hall y paseamos por las calles estrechas del pueblo. Todo era característico: el color de los muros, el olor a humedad, algunas casas invadidas por la maleza “esta casa se quemó por completo hace unos años”. Un descampado había sido reutilizado como jardín, tendedero de ropa, almacén de utensilios de cocina… R. nos explicó que “aquí había una casa y se derrumbó hace un tiempo, así que ahora todos utilizan el espacio”. No se oía nada más que las herramientas de un vecino arreglando una bicicleta al final de la calle.
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Visitamos la casa familiar –un altar al fondo coronaba la estancia oscura– y nos invitaron a un delicioso pastel artesanal relleno de frutos secos. Volvimos a salir al laberinto. Las calles debían tener poco más de dos metros de anchura y las casas habían sido construidas por los antepasados de los habitantes décadas antes. Me recordó a la casa de la familia en Fuerteventura, también construída por P. y ampliada con los años, los hijos y mucho trabajo.

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Atravesamos unas cuantas calles y enfilamos la que en su momento era la zona principal del pueblo: “aquí antes había muchas tiendas y puestos de comida” decía R. mientras señalaba algunos locales cerrados y vacíos, algunos medio derruídos y castigados por la humedad. La realidad es que ahora todo está abandonado. Giramos a la derecha un poco más adelante y entramos en uno de los dos templos de la zona. Una melodía repetitiva de fondo nos acompañó toda la visita entre los palitos enredados de incienso y las estatuas antiguas de los dioses –guardianes, protectores… aquí reconozco que todavía me pierdo–, coloridas y con expresiones verdaderamente inquietantes. A sus pies, frutas: naranjas, manzanas brillantes… M. intentaba, divertido, entender los caracteres chinos escritos en sobres y notas que colgaban de los soportes para el incienso del techo. R. se reía de vez en cuando y contestaba como podía a las preguntas.

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Al final de la calle, el otro pequeño templo escupía humo de incienso hacia el exterior. En la puerta de madera un hombre en una silla plegable leía el periódico tranquilamente hasta que notó nuestra presencia. Levantó los ojos del papel, se ajustó las gafas y no me dio tiempo a sacarle una fotografía: plegó la silla y se perdió tras una de las hojas de la puerta.

Entramos en silencio y nos encontramos de lleno con otra veintena de inciensiarios y un gato amarillo que nos dio la bienvenida con sus grandes ojos verdes. No nos adentramos mucho, disuadidos por el tintineo de las piezas que alguien tiraba al suelo repetidamente mientras ¿rezaba? ¿pedía? ¿preguntaba? Al salir del templo vimos otros cuatro turistas: serían los únicos en todo el día. Teníamos mucha hambre, así que R: “hay un restaurante muy local aquí cerca… hacen muy buen cerdo y pollo… ¿cómo lleváis el tema de la limpieza?”. La pregunta no era en vano: el “restaurante” resultó ser un puesto en la calle, con sillas de plástico desparejadas (aquí rosa, aquí blanco, aquí lo que antes debía ser azul…) y unas cuantas mesas alrededor de una cocina semicubierta gobernada por un señor regordito de camisa sin mangas pero con innumerables manchas. Decidí dejar de mirar a mi alrededor cuando me senté y disfruté –y mucho– de la compañía y la comida que, la verdad, estaba muy sabrosa.

Pasamos la tarde también en aquella zona… pero por ahora:

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