Lamma Island

Hay una obra enorme de camino al colegio, cerca del Peak. Desde allí arriba, en la segunda planta del autobús temerario que me devuelve al centro, veo un árbol sobreviviendo entre los escombros, elevado, rodeado de los restos de una escalera. Como un tulipán firme en un descampado. Se apelotonan muchos obreros, hormiguitas de casco amarillo aguantando los inevitables rayos de este sol de mayo que se acerca más al nuestro de agosto. En seguida me acuerdo de la construcción que, visitando la isla de Lamma, vimos M. G. y yo: un escenario de latón y bambú, adornado de rojo, dorado y ventilador, repleto de sillas y señores esperando a los cantantes y los músicos. S. me contó después que tardan menos de un día en construir semejante nave: comienzan durante la noche y terminan antes de la tarde.

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Este fin de semana nos escapamos a Lamma a ver qué era aquello. Veinte minutos en ferry conversando sobre lo inesperado y llegamos allí. Nada que ver con Hong Kong: unas pocas casas, un pueblito apretujado, calles lindas y estrechas, bicicletas por todos lados y carteles de colores. Gente tomando refrescos en las terrazas, niños corriendo, playas abarrotadas y al fin, lo que andábamos buscando: Lo So Shing Beach. Después de un cortito hike, encontramos esta playa que era, literal y únicamente eso: una playa. No había nada más, ni bares, ni 7/11, ni gente –por fin–. Qué tremendamente cortos son los domingos.

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