Phuket: la calma

Ha pasado un avión sobrevolando la playa y nadie se ha inmutado. Un señor con una gorra roja se agacha muy despacio apuntando con el dedo a la arena. Creo que está intentando tocar uno de esos cangrejos transparentes: son como de cristal, tienen los ojos saltones. Huyen de las sombras de los que salimos del agua golpeados –literalmente– por la fuerza del mar en Phuket.

Hemos bajado unas escaleras desvencijadas de madera entre palmeras y árboles que amplifican los sonidos de los pájaros –y demás seres vivos extraños– del lugar. Hay miles y suenan todo el tiempo, como las olas chocando en la orilla, los niños que gritan mientras juegan al fútbol en el pequeño polideportivo de la escuela, los vendedores curtidos por el sol, incansables, apostados a ambos lados de la carretera ofreciendo, entre el humo, pinchos a la brasa: langostinos, pescados varios, frutas tropicales; pero también pareos y sombreros para proteger a los guiris del sol implacable.

Desde los restaurantes que dan a la playa llegan ecos de los Beatles y sonrío. Cry baby cry mientras terminamos el almuerzo –un buen pad thai picante, unos calamares…– y volvemos al mar. El agua aquí está caliente; la arena arde y mi piel roja da buena fe de que hoy era un día para esto.

Después de Hong Kong –o en estos paréntesis diminutos– cuesta bajar el ritmo. Creo que con este escenario lo conseguí, aunque sólo fuera por una décima de segundo, como diría A. V.

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