Búfalas

Entrenamientos helados junto al río que siempre empezamos antes de la hora. Arrastramos los trastos hasta el césped. Desconexión total –absoluta– de todo lo demás. Las risas en el círculo mientras despertamos el cuerpo, los pases empanados, los certeros, las balas. Los balones al suelo que se levantan rápido. Ya estás despierta. Esquemas de juego, ¿dónde estoy entre estas 15?, carreras interminables, repeticiones incansables. La palmada en el hombro  de tu compañera de fila “ánimo”, la frustración de alguna otra que va bajando decibelios a medida que se desgasta la energía. O no. El rugby tiene, también, sus dos caras.

El viaje en bus. La tensión. Una compañera se venda la rodilla dos filas más adelante. Otra mira concentrada por la ventana. Más atrás alguna se ha quedado frita.

La adrenalina se dispara en cuanto te pones las botas. Hay pocas cosas que recuerde tan nítidamente entre el fragor de los partidos como la mirada del ocho el instante antes de una melé. El temblor en las manos que sostienen el balón que espera. La señal del árbitro. De reojo veo que está la línea montada, esperando el momento exacto. En ese  breve silencio escucho el esfuerzo de mis compañeras que ya empujan con toda su alma hacia delante para conseguir el balón. La concentración más absoluta y la sombra del otro nueve, su aliento en la nuca. Todo se acelera en dos segundos y de repente estás corriendo. Y chocando. Ayudando y avanzando. Todas juntas.

Cada día desde hace unos meses echo de menos el olor de Salas Bajas, la luz que se va escondiendo mientras entrenamos, los árboles quejándose del viento. Echo de menos hasta el frío en las manos, los gritos, las órdenes, las reacciones rápidas. El césped blandito, rebozarme en el barro. Los abrazos al final de un partido, los llantos de la tensión contenida, las conversaciones cuando ya estamos tranquilas y reflexionando.

Cuantísimas cosas me ha dado el rugby no me caben en este escrito y creo que ni siquiera soy consciente de ellas ahora mismo. Tantas alegrías como tristezas, probablemente. Nunca pensé que me reportaría tanta satisfacción correr con toda mi energía, con un balón ovalado en las manos tratando de alcanzar la línea de ensayo contraria. Nunca imaginé que pudiera significar tantísimo formar parte de un proyecto, de un grupo, de unos colores; de una familia. Con sus llantos, sus alegrías, sus cánticos. Abrazos, enfados, recomposiciones, comienzos y baches, superaciones y unión. Nunca lo imaginé, de verdad, y ahora está como clavado en un huequito de este cuerpo –que tiene alguna que otra herida de “guerra”– y no me lo puedo quitar de encima. No importan –más bien pesan– los 12000 km. cuando se trata de esto; cuando se trata de ellas.

 

Gracias a Alejandro Alek por sus fotografías y todo lo demás.

 

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2 thoughts on “Búfalas

  1. Participar en un equipo de cualquier deporte es una experiencia increíble. Ojalá puedas encontrar otra familia en algún equipo de rugby en Hong Kong y quizás en el futuro veamos tus reflexiones sobre cómo es el jugar a 12000km de distancia de tu hogar. Saludos!

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